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Tener la sensación de que la garganta no deja paso a la comida, es una sensación muy desagradable. Las personas que la sienten y se asustan, pueden llegar a producir una fagofobia.

Publicado en Fernando Azor

Cuando compartimos una información que sólo unos pocos conocen, estamos dándole un valor especial al confidente. Le estamos diciendo que confiamos en él, e incluso al contarle un secreto nos ponemos en sus manos. Nos puede hacer quedar mal si se difunde y lo acaban sabiendo otras personas que no deben. Cuando los secretos dejan de serlo porque alguien se fue de la lengua, se generan decepciones, enfados y dudas sobre el valor de la amistad con esa persona.

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Cuando nos fijamos objetivos es necesario alcanzar un grado importante de motivación e implicación. Hay que ser capaz de esforzarse para ganar en una competición, para llegar a tiempo a una cita, para acabar un trabajo pendiente, para dar una charla, o para cuidar a los hijos. Es necesario que sepamos qué queremos conseguir y es importante que nos ilusione alcanzarlo. La realidad es que todo esto puede no ser suficiente para conseguir lo que queremos. Ser constante y pelear por lo que se quiere suele ir unido a una serie de consecuencias, que aunque pueden parecer pequeñas, cuando se suman pueden ser las responsables de un desgaste muy notable.

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Sentirse mal es algo que no gusta. Dependiendo de cada persona la capacidad para tolerar el malestar es diferente. Hay malestares que objetivamente son más bloqueantes que otros. El malestar está presente en muchas de las situaciones que afrontamos en la vida: por la muerte de alguien querido, por un despido, por una enfermedad y sus síntomas asociados, por una ruptura de pareja, por lo que se tarda en aprender algo, lo que se tarda en montar un mueble de Ikea, hacer una cola o lo que tarda una cafetera en calentarse para poder preparar una café.
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La tristeza, la sensación de estar deprimido, y en su extremo la depresión, es un signo de que algo no está bien: tenemos demasiadas cosas que hacer, hemos perdido algo importante, hemos roto una relación de pareja, nos hemos esforzado para conseguir algo durante mucho tiempo y no hemos sido capaces de conseguirlo… En ocasiones es la inercia natural de la persona la que marca esta tendencia a estar deprimido. Digamos que hay personas que tienden más a la melancolía, incluso sienten algo de placer al encerrarse en sus pensamientos y recuerdos tristes (mejor incluso cuando se acompaña de música en sintonía con el estado de ánimo). Así pues podemos hablar de tendencias naturales, unidas a experiencias y maneras de resolver las situaciones que se producen en la vida. Este sumatorio hace que se pueda estar deprimido.
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Para algunas personas es como una maldición, no pueden dejar de pensar y de darle vueltas a un montón de situaciones cotidianas. Se adelantan a lo que pueda pasar  e intentan darle soluciones a cada amenaza que detectan. Cuando están con gente piensan en cómo habrán interpretado lo que han dicho, cuando están solos, piensan en los que van a hacer luego, en la ropa que se pondrán, en el conflicto con el jefe y lo que tendría que decir… La realidad es que es fácil en la sociedad en la que vivimos vivir en el futuro y en el pasado, y poco en el presente. A Edmun Burke, filósofo inglés del siglo XVII se le atribuye la frase: “vivir es construir nuevos recuerdos”. La verdad es que es muy cierto que sin presente no hay pasado, pero nuestro ritmo de vida nos centra quizás en exceso en lo que ya pasó o en lo que prevemos que pasará.
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El olor corporal consecuencia del sudor, del cuidado de la boca, o de la manera en la que la persona hace la digestiones de los alimentos, puede ser un punto de conflicto y fricción con quienes convivimos a diario.
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Las habilidades de cada persona para expresar sentimientos es muy variable. Hay personas que aprenden de sus padres y amigos a expresar sus sentimientos, a darles forma, a identificar soluciones y a hacer peticiones concretas. Esta habilidad es como un escudo contra la depresión y la ansiedad. Permite poner palabras a las emociones. Permite que las ideas se puedan categorizar y analizar para que podamos resolver o aceptar lo que nos pasa. Cuando esta habilidad no se posee o está poco desarrollada, hay que esforzarse en conseguirla. La vida mejora… mucho.
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¿Las tareas se posponen con demasiada frecuencia?, ¿Se dice a menudo que ha de hacer cosas pero no las acaba? ¿Se propone tareas, se enfada consigo mismo y se siente culpable porque frecuentemente las retrasa? ¿Cuando pospone una tarea suele tener buenas razones pero se convierte en una constante?, entonces es posible que procrastine.

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Junto a la pregunta que formulo en el título habría que añadir, ¿por qué me producen calma las rutinas? ¿Son buenas? ¿Tienen efectos secundarios? ¿Qué beneficios tienen? ¿Por qué cuantos más años cumplimos mayor tendencia tenemos a crear procedimientos que se repiten para resolver nuestras necesidades? Intentemos responder a estas preguntas.

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No siempre cuando se llega a la ruptura es de forma conflictiva e inesperada, pero cuando esto ocurre los efectos emocionales tienden a magnificarse.

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La vida está plagada de situaciones que nos obligan a tomar decisiones sobre lo que queremos y lo que no. Algunas personas se bloquean más fácilmente que otras cuando lo que buscan es la garantía de no equivocarse, no tener conflictos, no dañar a otras personas, o no recibir reproches.

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La presión y la exigencia son necesarias para conseguir alcanzar metas, especialmente aquellas que se alargan en el tiempo e inicialmente son poco placenteras. Aún así quedarse corto o pasarse tendrá sus consecuencias. Normalmente la primera será el no alcanzar las metas, y la segunda puede que también pero además se unirá la vivencia de bloqueo y ansiedad intensa.

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Dependiendo de la cantidad de normas rígidas sobre lo correcto o incorrecto que uno tiene interiorizadas, será más o menos fácil enfadarse cuando los otros rompan esas normas, y de esta forma podremos llegar a un modo de comunicación agresivo. Otras veces, por temor al conflicto, la agresión no es tan directa ni clara sino más sutil, a esto lo llamamos agresión pasiva. Un ejemplo de esta comunicación sería quedarse callado ante preguntas del tipo: “¿Vamos a dar una vuelta?, ¿Estás bien?, ¿Te pasa algo?”. El silencio en estos casos transmite mensajes del tipo “eres tonto”, “paso de ti”, o “no te enteras de nada”; así no se deja claro si uno está enfadado, ni la razón de ese enfado pero sí se transmite malestar

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Le cuesta ser paciente? ¿Intenta tomarse las cosas con calma pero le resulta difícil? Por oposición, la impaciencia es una emoción intensa que a menudo se asocia a inquietud y nerviosismo, pero también es un gran motor para hacer cosas y afrontar retos. Es una emoción, que cuando no se desborda puede hacer que la vida merezca mucho la pena (sobre este enfoque puede leer el artículo pros y contras de la impaciencia).

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Parece que ser capaz de imaginar lo peor acabará calmando. Es una idea bastante extendida. La realidad es que es cierto pero con matices muy importantes. Si lo que buscamos es adelantarnos a lo que vendrá, pero con la idea principal de encontrar siempre una solución a cada amenaza, lo normal es que se produzca el efecto contrario: que estemos todo el tiempo con sensación de peligro y amenaza por todo lo que puede pasar.

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A veces existen soluciones rápidas y cercanas a problemas cotidianos con las que no contamos. Cuando los niveles de ansiedad o alerta cotidianos son elevados podemos utilizar la respiración diafragmática como paliativo de los síntomas físicos y emocionales. Podemos conseguir reducir el nivel de alerta a niveles moderados, permitiendo que las habilidades para manejar el estrés sean más efectivas. La respiración cuando se hace desde el diafragma permite la activación de un nervio muy especial, llamado nervio vago. Gracias a sus características se potencia la sensación de calma.

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Dentro de nuestras aspiraciones está la de sentirnos bien y ser felices, para ello se convierte en prioritario que la ansiedad o la tristeza no nos invada en el día a día. Existen rutinas más o menos generadoras de malestar, que unidas a las características de personalidad de cada uno, harán de la ansiedad o la tristeza algo más o menos frecuente.

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En estos casos, la ansiedad se produce como consecuencia de varios factores: el estilo de personalidad, la vivencia de situaciones traumáticas, el nivel de actividad, la sensación de no acabar de resolver muchos temas pendientes en el día a día (no tienen porque ser situaciones graves, basta con que estén presentes y no acaben de resolverse), la tendencia a somatizar de cada persona, el manejo que se hace de las sensaciones físicas... y en especial, para entender el miedo a cruzar puentes o el miedo a pasar por túneles, la capacidad para tolerar sensaciones y no ser impaciente a la hora de alejarse de las sensaciones.

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Cuando nos enfrentamos a tomar decisiones nos vemos influidos por infinidad de factores relevantes e irrelevantes que determinarán el resultado final. ¿Es consciente de cuáles son las principales distorsiones que pueden influir a la hora de tomar decisiones en la vida?

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