Síntomas depresivos y resiliencia

Los síntomas depresivos más frecuentes son: la apatía, la desilusión, la dificultad, e incluso la incapacidad para sentir emociones positivas, la falta de energía, llanto constante, pena, aparición de recuerdos negativos del pasado, sentimientos de impotencia, inutilidad y decepción. Son emociones negativas que no son deseables para nadie y que cuando se cronifican y agravan pueden configurar una depresión.

 

Los síntomas depresivos más frecuentes son: la apatía, la desilusión, la dificultad, e incluso la incapacidad para sentir emociones positivas, la falta de energía, llanto constante, pena, aparición de recuerdos negativos del pasado, sentimientos de impotencia, inutilidad y decepción. Son emociones negativas que no son deseables para nadie y que cuando se cronifican y agravan pueden configurar una depresión.

Cuando un psicólogo clínico atiende en consulta a una persona con estos síntomas suele detectar que las causas más frecuentes son: pérdidas bruscas (rupturas de pareja, muerte de seres queridos, despidos laborales…), cambios a los que no es sencillo adaptarse (de trabajo, de ciudad, una enfermedad crónica propia, de un hijo o un padre…), tener que tomar decisiones que tendrán consecuencias futuras (plantear o no una ruptura de pareja, cambiarse o no de trabajo…), y la vivencia de acontecimientos traumáticos como accidentes, violaciones…

La capacidad individual para afrontar e incluso salir fortalecido de adversidades, incertidumbres y consecuencias de determinadas situaciones también se conoce como resiliencia. No todo el mundo reacciona igual tras vivir acontecimientos negativos o traumáticos. Mientras que algunos se hunden, otros crecen y salen fortalecidos de estos episodios.

Los síntomas depresivos no son agradables. No gusta sentir malestar, tristeza o impotencia. En cualquier caso los síntomas depresivos no siempre son un signo negativo. Cuando nos enfrentamos a cambios, a situaciones amenazantes como las que antes mencionaba, la reacción inicial suele ser la de movilizarnos para resolver y evitar que se hagan realidad los temores. El problema es que no hay garantías de que vayamos a ser capaces de resolver cada reto que se nos presente en la vida. Supongamos el caso de una persona acostumbrada a resolver problemas en su empresa, que trabaja 10 horas al día y que debe hacer frente al cáncer de pecho de su mujer. Esta persona puede intentar compatibilizar todas sus tareas laborales con las citas de los médicos para acompañarla, puede hacerse cargo de algunas necesidades de sus tres hijos… pero en algún momento puede llegar a sentir impotencia, incapacidad, tristeza, etcétera. En esta situación las emociones negativas tendrían un gran valor. Sentirse mal ayuda a realizar renuncias, a asumir lo que no se puede abarcar para después, ajustando las expectativas, conseguir cambiar horarios con menor culpa. De este modo se pueden fijar objetivos realistas que no produzcan incesantemente la sensación de fracaso e incapacidad por no estar a la altura de lo que uno se propuso.

Resiliencia. El ser capaz de calibrar correctamente las energías de las que disponemos para afrontar los retos y adversidades que se nos planteen, es una excelente estrategia. Nos ayudará a pedir ayuda, y a graduar los esfuerzos por medio de metas intermedias. De este modo podremos ver avances y nos permitiremos no enfadarnos con nosotros mismos por no abarcarlo todo. No es fácil soportar estar mal, pero a menudo salir de él nos hace más fuertes. Si nos vemos obligados a vivir situaciones desagradables, lo mejor aprender de ellas

 

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Fernando Azor - Psicología

Felipe Gallego

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